Me siento completamente perdida.
Miro a todos lados y no encuentro nada.
Todo desierto, todo agua, todo arena.
Y no varía.
Todo es luz.
Todo es oscuridad.
No sabría definir su color,
solo sé que nada varía; que todo es uniforme.
Todo es igual.
No hay absolutamente nada a lo que agarrarme.
No tengo absolutamente nada sobre lo que caminar,
nada que se diferencie del resto para guiarme,
o indicarme dónde estás.
No tengo absolutamente nada...
Y de repente apareces tú.
Una pequeña luz que ilumina toda mi oscuridad;
una pequeña sombra que oscurece toda mi luz;
un pequeño río que humedece mi arena,
una pequeña isla en mitad de mi océano.
Y me puedo agarrar a ti.
Cerrar los ojos... Y no pensar en nada.
Tenía tanto, y me quedé vacía, y sola.
Tal vez lo merezco, tal vez no.
Solo sé que les hice daño,
y esto me perseguirá toda mi vida.
Si bien no es en mi vida cotidiana,
me perseguirá en mi propia cabeza.
Las personas que me quieren dicen que no merece la pena,
que hice todo lo que pude para que me perdonasen.
En primer lugar no debí hacerles daño,
aunque de nada me sirve lamentarme ahora por ello.
Las personas que me quieren dicen que no merece la pena,
que si me hubiesen querido me habrían perdonado desde el primer momento
y ahora, cuando más las necesito, estarían a mi lado.
Pero yo no me merezco su apoyo, su ayuda o su perdón.
Jamás debí hacerles daño.
Y por otro lado creo que fue necesario cometer aquel error.
Tal vez si no lo hubiese hecho ahora todo sería distinto.
Y en ese caso... ¿Sería mejor, o peor?
La verdad es que no lo sé.
Me siento tan perdida...
Y de repente apareces tú, y me iluminas el camino.
Disipas de mi cabeza todo aquel veneno que la pudre,
y haces que solo piense en salir de este agujero que es mi mente.
Mi mente envenenada... Que me está matando poco a poco.
Tal vez debería volver al psicólogo.
No puedo con esto sola.
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