viernes, 21 de octubre de 2011

Sonrisas fugaces

Sonrisas que son como las estrellas fugaces, pues, al igual que mi felicidad, aparecen de repente y en un instante se van. Sonrisas que son como las hojas de los árboles, pues alomejor están verdes y frescas, y luego se caen, se barren y desaparecen. Son sonrisas fugaces, como yo les digo, pues permanecen poco tiempo y si realmente puedes verla o sentirla, eres afortunado, pues no se ven todos los días. No se ven sonrisas sinceras.

Y así es mi amor, llegó a su máximo explendor, y luego desapareció. Desapareció en el cielo, o el infierno, su elección. Creo que fue al infierno, pues en cenizas se convirtió, y luego desapareció. Como todo, como mi corazón.

Un corazón tan ardiente que luego se apaga o desaparece. Como toda mi ilusión.

Una ilusión que se ilumina, que por sí sola brilla, y se apaga sin dejar rastro de dónde estuvo, a dónde llegó.

Una persona tan fácil de reemplazar que cualquier persona llega y toma su lugar.

Pues cualquier persona puede tapar ese hueco en su corazón, si ese hueco lo ocupaba yo.

Y siento que todo se acaba, se hunde, se tapa, con una niebla que me ataca. Una niebla que me cubre todo el cuerpo, y en especial el corazón, una niebla que tapa mi alma, y ni lo piensa, me mata.

Creo que no ha llegado aquel alma que me vea irreemplazable, un alma que me quiera y que se una a mí, a respirar mi propio aire.

Quiero que llegue el día en que mi verdadero amor vuelva de la lejanía...

Quiero que llegue la noche, para hundirme sin reproches, a las sombras y a la muerte que por ende aparecen.

Y morir;  sin ti.

jueves, 20 de octubre de 2011

Marinero a la deriva

Me encuentro perdido entre dos mares, a la deriva. Inmerso en las aguas de su pelo, de su aroma, de su belleza, de su rima. Vertido cual salsa, cual otoño barrido. Sin poder siquiera tenerme en pie, mantenerme erguido. Me quedo en mi barco, balanceado. Pienso en huir, escapar a nado. Mas, eso ¿de qué serviría? Seguro estoy de que moriría. Así pues me mantengo tumbado, sintiéndome apaleado, sin fuerzas, sin energía ni fortaleza para abrir los ojos y mirar hacia otro lado. Solo puedo mantener mis ojos cerrados, como cerrojos oxidados. Deseo tanto escapar, poder levantarme e irme a otro lugar. Irme con ella, mi musa, mi montaña rusa; aquella mujer ilusa que creyó en mi palabra cuando solo sabía mentir. Solo la hice sufrir. Y aquí me hallo, sintiéndome culpable por todo ensayo de felicidad desperdiciado. Deseando besar unos labios que se han escapado. Deseando aquella mujer que de mi vida se ha marchado, y sabiendo, a mi pesar, que jamás volverá a mi lado.

Lo siento tanto, mi vida. Mi pérdida más sentida.

Mi vida entera, querida.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Patético

¿Inseguridad? ¿Confianza en sí mismo? Y una mierda. Tengo miedo, tengo mucho miedo. Estoy tan, tan asustado... Solo me queda cerrar los ojos y evadirme, o abrirlos y lanzarme al vacío con la esperanza de que al final, solo haya luz. Una luz que me acoja en sus brazos y me haga sentir paz...

Hola. Me llamo... Ni siquiera quiero recordar mi nombre.

Solo soy un borracho, en mitad de la calle. En la madrugada. Con una botella de vodka en la mano, y más alcohol que sangre en las venas.

En realidad no deseo recordar nada, absolutamente nada. Ningún aspecto de mi vida. Ningún aspecto de mí. No quiero recordar mi nombre. Tampoco el suyo.

Tampoco el de ella...

Ella... Bendita mujer. Aquella que me arrebató todo cuanto tuve. Suave como una flor. Como acariciar los pétalos de una rosa roja, aterciopelada, y al mismo tiempo resbaladiza como la seda. Suave como la piel mojada, bajo el sol tras nadar en el mar. Suave... Tan suave...

Y tierna. Tan tierna como un peluche, al que siempre quieres abrazar. Tan blandita... Recuerdo que me encantaba recostarme sobre su barriguita. Oír su corazón, e incluso cómo se movía su estómago al hacer la digestión.

Joder, me gustaba tanto sentir su calor.

Cómo acariciaba mi pelo, delicada, como si tuviese miedo de romperme. Como si pudiese hacerlo. Y estoy completamente seguro, ahora, de que ella era más consciente que yo del daño que podría hacerme.

Recuerdo cuando su pancita ya no era tan plana y blandita. Comenzó a crecer y a volverse más dura, aunque nunca perdió esa suavidad que tenía. Antes adoraba pegar la oreja a oír su corazón, y ahora podía escuchar dos. Quería escuchar dos. Aunque tan solo notaba cómo nuestro bebé se movía y daba pequeñas patadas en las paredes de su madre, como si quisiese tocar mi oreja con su diminuto pie.

Joder, las quería tanto...

Y mientras las lágrimas no paran de salir, no puedo hacer más que darle otro trago a la botella. Bendita botella, que me hace olvidar. He olvidado incluso mi nombre, y aún puedo recordar el suyo...

Un día todo se complicó.

"Vete"

"No quiero verte más, jamás"

"Bájame del coche"

...

Caímos. Caímos por el precipicio aquella noche. Se me fue de las manos. No puedo aún creer cómo pudo ocurrir.

"¿Hay otra verdad?"

"Solo tengo ojos para ti"

"Sabes que hay otra, ¿por qué no puedes decirme la verdad?"

"¡¡¡QUE NO HAY OTRA, JODER!!!"

"Bájame del coche"

....

"¡Bájame del coche joder! ¡¡¡NOS VAMOS A MATAR, ERIC. PARA EL JODIDO COCHE Y DÉJAME BAJAR!!!"


Y había otra. La hubo. Ella tenía razón y no quería reconocerlo. Joder, no quería fastidiarlo todo. Y realmente lo hice. Lo jodí.

La maté.

Maté al fruto de nuestro amor. Y casi la mato a ella...

Y ahora ella vive en pena. Muerta en vida. Y echo tanto de menos ver su sonrisa.

Pero ella no sonreirá más. Porque no existe vida en su pecho. Ni en su barriga. Ni en su corazón.

Porque sin esa máquina su corazón no late. Porque sin esa máquina sus pulmones no funcionan. Porque sin esa máquina ella no existe.

Y tengo tantas ganas de abrazarla. De volver a sentir nuestra niña golpear mi oreja. De sentir cómo se ríe, y nuestro bebé se ríe con ella. Tengo tantas ganas de tocar su piel de nuevo y ver cómo se eriza.

Y ahora le digo "te amo", pero ni siquiera responde.




A veces me pregunto qué es más patético, si beber para olvidarme de ella, o hacerlo porque quiero olvidarme a mí mismo.

Creo que lo patético no es beber, sino seguir con mi vida mientras le arrebaté la suya, y querer además que ni siquiera permanezca en mi asqueroso y oscuro corazón, roto, y sin latir por ella.

martes, 4 de octubre de 2011

Nunca es suficiente

Resulta curioso.
Cuántas veces me he esforzado en hacer las cosas bien,
y nunca es suficiente.

Me lo dijo mi padre, "nunca llegarás a ser nada,
porque no sabes hacer nada".
Y seguramente tiene razón.

Esforzarse no es suficiente, me dijo él.
Y está en lo correcto. De nada sirve esforzarse si no consigues nada.
Pues el esfuerzo no ha sido recompensado,
y por tanto, ha sido inútil.

Y ahora mismo me siento inútil, precisamente.
Porque no he conseguido absolutamente nada.
Y eso me duele, porque me da la sensación de que estoy llegando tarde.

De hecho, seguramente ya he llegado tarde.
Pero, ¿qué voy a hacer? ¿Voy a tirarme al suelo a llorar?

No.

Voy a levantarme, secarme las lágrimas que, sin poder evitarlo,
dejé correr por mis mejillas y voy a seguir luchando.
Porque estoy en potencia de ser lo que yo quiera ser.

Tal vez dentro de unos meses me de cuenta de que, de nuevo,
todo el esfuerzo ha sido inútil, ya que tal vez no habré conseguido nada.

Pero... ¿Y si no es así? ¿Y si lo consigo?

Estoy completamente dispuesta a averiguarlo por mí misma.