¿Inseguridad? ¿Confianza en sí mismo? Y una mierda. Tengo miedo, tengo mucho miedo. Estoy tan, tan asustado... Solo me queda cerrar los ojos y evadirme, o abrirlos y lanzarme al vacío con la esperanza de que al final, solo haya luz. Una luz que me acoja en sus brazos y me haga sentir paz...
Hola. Me llamo... Ni siquiera quiero recordar mi nombre.
Solo soy un borracho, en mitad de la calle. En la madrugada. Con una botella de vodka en la mano, y más alcohol que sangre en las venas.
En realidad no deseo recordar nada, absolutamente nada. Ningún aspecto de mi vida. Ningún aspecto de mí. No quiero recordar mi nombre. Tampoco el suyo.
Tampoco el de ella...
Ella... Bendita mujer. Aquella que me arrebató todo cuanto tuve. Suave como una flor. Como acariciar los pétalos de una rosa roja, aterciopelada, y al mismo tiempo resbaladiza como la seda. Suave como la piel mojada, bajo el sol tras nadar en el mar. Suave... Tan suave...
Y tierna. Tan tierna como un peluche, al que siempre quieres abrazar. Tan blandita... Recuerdo que me encantaba recostarme sobre su barriguita. Oír su corazón, e incluso cómo se movía su estómago al hacer la digestión.
Joder, me gustaba tanto sentir su calor.
Cómo acariciaba mi pelo, delicada, como si tuviese miedo de romperme. Como si pudiese hacerlo. Y estoy completamente seguro, ahora, de que ella era más consciente que yo del daño que podría hacerme.
Recuerdo cuando su pancita ya no era tan plana y blandita. Comenzó a crecer y a volverse más dura, aunque nunca perdió esa suavidad que tenía. Antes adoraba pegar la oreja a oír su corazón, y ahora podía escuchar dos. Quería escuchar dos. Aunque tan solo notaba cómo nuestro bebé se movía y daba pequeñas patadas en las paredes de su madre, como si quisiese tocar mi oreja con su diminuto pie.
Joder, las quería tanto...
Y mientras las lágrimas no paran de salir, no puedo hacer más que darle otro trago a la botella. Bendita botella, que me hace olvidar. He olvidado incluso mi nombre, y aún puedo recordar el suyo...
Un día todo se complicó.
"Vete"
"No quiero verte más, jamás"
"Bájame del coche"
...
Caímos. Caímos por el precipicio aquella noche. Se me fue de las manos. No puedo aún creer cómo pudo ocurrir.
"¿Hay otra verdad?"
"Solo tengo ojos para ti"
"Sabes que hay otra, ¿por qué no puedes decirme la verdad?"
"¡¡¡QUE NO HAY OTRA, JODER!!!"
"Bájame del coche"
....
"¡Bájame del coche joder! ¡¡¡NOS VAMOS A MATAR, ERIC. PARA EL JODIDO COCHE Y DÉJAME BAJAR!!!"
Y había otra. La hubo. Ella tenía razón y no quería reconocerlo. Joder, no quería fastidiarlo todo. Y realmente lo hice. Lo jodí.
La maté.
Maté al fruto de nuestro amor. Y casi la mato a ella...
Y ahora ella vive en pena. Muerta en vida. Y echo tanto de menos ver su sonrisa.
Pero ella no sonreirá más. Porque no existe vida en su pecho. Ni en su barriga. Ni en su corazón.
Porque sin esa máquina su corazón no late. Porque sin esa máquina sus pulmones no funcionan. Porque sin esa máquina ella no existe.
Y tengo tantas ganas de abrazarla. De volver a sentir nuestra niña golpear mi oreja. De sentir cómo se ríe, y nuestro bebé se ríe con ella. Tengo tantas ganas de tocar su piel de nuevo y ver cómo se eriza.
Y ahora le digo "te amo", pero ni siquiera responde.
A veces me pregunto qué es más patético, si beber para olvidarme de ella, o hacerlo porque quiero olvidarme a mí mismo.
Creo que lo patético no es beber, sino seguir con mi vida mientras le arrebaté la suya, y querer además que ni siquiera permanezca en mi asqueroso y oscuro corazón, roto, y sin latir por ella.