Esa sensación de impotencia... Ese sentimiento de inseguridad, de dolor, de querer llorar todo el día y dormir del cansancio para no volver a despertar. Ese pensamiento de que no le haces falta a nadie, que se convierte en una realidad.
Esa consciencia de que no eres necesaria en ningún lado, de que eres una inútil que no sirve para nada. Ni siquiera para aguantar dolor, o para disimular tu tristeza. Una inútil que nada sabe, que nada hace.
Saber que sobras, y engañarte en sus palabras intentando autoconvencerte de que son ciertas, pese a que no lo son. Pese a que la verdad es otra, la verdad duele. Duele mucho.
Me derrumbo. Tal vez esto me queda grande. La verdad es que no quiero rendirme, quiero continuar, pero no puedo seguir sus pasos. Demasiado rápidos, demasiado lejanos. Necesito más tiempo. Necesito una mano amiga que me levante y me ayude a proseguir el camino. Pero ni siquiera la suya me es prestada. Ni siquiera él confía en que pueda seguir sus pasos, y ni se molesta en ayudarme. Él tiene demasiadas preocupaciones como para pensar en mí. Lo que me hace sentirme como la peor basura existente en este planeta, y en los otros muchos que hay. Como la peor mierda que se ha cagado jamás, precisamente.
Y me encuentro en un gran valle de nieve, totalmente sola con un camino de pasos por delante, pasos que se van borrando con el tiempo y los nuevos copos que caen sobre ellos. Y me encuentro exhausta, no puedo más. Necesito un poco más de aliento, un pequeño empujón que nadie es capaz de brindarme. Y no sé si sola podré con esto. Tal vez consiga levantarme por mi propio pie pero, en caso de que lo haga, ¿seguirá ese camino de pasos visible? ¿Podré seguir por donde me quedé?
Probablemente sea demasiado tarde.
Y no quiero rendirme. No voy a rendirme. Eso lo tengo muy claro. Pero es duro ver cómo el creador de esos pasos es el que va borrando su propio camino para que yo no pueda seguirlo. Es duro ver cómo es él quien cada vez corre más deprisa para que no pueda seguirle el rastro.
Es duro ver cómo al derrumbarte, tú eres la culpable de todo. Porque tú no tienes derecho a estar cansada, no tienes derecho a querer gritar de la rabia, no tienes derecho a opinar, ni a pedir ayuda, ni a ayudar, ni siquiera a llorar y lamentarte por la mierda en la que te estás viendo metida, porque tú has elegido seguir ese camino. Y este hecho no te da derecho a nada, más que caminar y callar.
Tan sólo puedes gatear si no puedes levantarte. Con una gran sonrisa, secando tus propias lágrimas y procurando que nadie se de cuenta de tu retraso. Que nadie se de cuenta de que te cuesta andar. Y proseguir el camino cojeando, o arrastrándote si hace falta.
Todo, con tal de ponérselo más fácil al creador del camino. Todo, con tal de no recibir desprecio por su parte. Todo, con tal de no sentirte peor de lo que ya te sentías porque eres una egoísta al llorar.
En este viaje la única opción es callar, sufrir en silencio y proseguir. Siempre que no quieras abandonarlo, claro. Y yo no quiero ni quedarme atrás, ni callarme. Quiero seguir a su lado, con su apoyo, y brindarle el mío siempre que pueda.
Pero en esta vida no se puede tener todo. Menos aún si tan sólo eres una niñata inmadura y egoísta que no piensa en nadie sino en sí misma al llorar buscando un poco de consuelo en la persona que más ama y necesita en el mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario