Sonrisas que son como las estrellas fugaces, pues, al igual que mi felicidad, aparecen de repente y en un instante se van. Sonrisas que son como las hojas de los árboles, pues alomejor están verdes y frescas, y luego se caen, se barren y desaparecen. Son sonrisas fugaces, como yo les digo, pues permanecen poco tiempo y si realmente puedes verla o sentirla, eres afortunado, pues no se ven todos los días. No se ven sonrisas sinceras.
Y así es mi amor, llegó a su máximo explendor, y luego desapareció. Desapareció en el cielo, o el infierno, su elección. Creo que fue al infierno, pues en cenizas se convirtió, y luego desapareció. Como todo, como mi corazón.
Un corazón tan ardiente que luego se apaga o desaparece. Como toda mi ilusión.
Una ilusión que se ilumina, que por sí sola brilla, y se apaga sin dejar rastro de dónde estuvo, a dónde llegó.
Una persona tan fácil de reemplazar que cualquier persona llega y toma su lugar.
Pues cualquier persona puede tapar ese hueco en su corazón, si ese hueco lo ocupaba yo.
Y siento que todo se acaba, se hunde, se tapa, con una niebla que me ataca. Una niebla que me cubre todo el cuerpo, y en especial el corazón, una niebla que tapa mi alma, y ni lo piensa, me mata.
Creo que no ha llegado aquel alma que me vea irreemplazable, un alma que me quiera y que se una a mí, a respirar mi propio aire.
Quiero que llegue el día en que mi verdadero amor vuelva de la lejanía...
Quiero que llegue la noche, para hundirme sin reproches, a las sombras y a la muerte que por ende aparecen.
Y morir; sin ti.
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