Recuerdo inocente, infantil, de cómo pasan los años, los días, las horas, los minutos... Con una felicidad infinita. Una forma de ver la vida completamente diferente, como vivir anestesiado. Nada duele, ni en cuerpo ni en alma.
Dulce burbuja que te hace soñar, sin preocuparte de nada que no sea crear ilusión en un esperanzado corazón, que se marchitará.
Dulce burbuja que te hace soñar, sin preocuparte de nada que no sea crear ilusión en un esperanzado corazón, que se marchitará.
Un recuerdo en el que lo que duele no tiene importancia, y al mismo tiempo todo es injusto; que la vecina se haya llevado el vestidito rosa que te prestó para tu muñeca favorita es MUY injusto. Y no paras de maquinar, enfurruñada, cómo hacer que te lo preste otra vez y se olvide perdírtelo de nuevo. Mente inocente, que a los cinco minutos ha dejado de pensar en ello porque la maldad no cabe en su corazón. Mente inocente, que cree que hasta lo injusto es bello porque tiene color. Mente insolente, que se niega a permanecer así hasta el fin de la canción.
La canción de la vida la llaman.
Una canción que puedes sentir de tantas formas, componer de tantas formas, bailar de tantas formas...
Una canción sin forma.
Una canción sin forma.
La canción de la vida la llaman.
Una canción que se modifica, que nunca permanece como está escrita; pues cual flor, se marchita.
Una canción sin alma.
Y por muy concienciado que estés de que la canción cambia, que pese a que el estribillo permanezca inmóvil las estrofas nunca coinciden entre sí, algunos cambios son inesperados.
Y es cuando tu mundo se derrumba, cuando tu romántica canción de jazz se convierte en un Nocturno de Chopin, cuando te das cuenta de que todo ha cambiado. Cuando tus lágrimas resbalan por tu cara, sin poder evitarlo, al descubrir que el perfecto principio de tu canción no fue más que un sueño, un sueño destrozado.
Un sueño hecho pesadilla; una canción convertida en silencio.
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